Jardín nocturno

Ya es de noche en el jardín
-¡el agua en sus atanores!-
y sólo huele a jazmín,
ruiseñor de los olores (…)
Antonio Machado

Pasear es un privilegio
por nuestros jardines y playas
cuando el sol entibia la luna
de esta «Valencia
de finas torres
y suaves noches».

Adoro el leve olor a mar
y el de la arena
cuando la baña;
me deleita el del azahar
y el de la roca
cuando la riegan,
abriendo el arrebatador
aroma a menta
en las rocallas.
Pero no me gusta el jazmín,
esa fragancia
tan calculada
que eclipsa a todas las demás.

Desgraciadamente, hay jazmín
en casi todos los jardines,
ocultando con su perfume
el de otros muchos
que aunque más tenues,
son más profundos.

Palabras

Vivir,
esta constante lucha
de contornos y etiquetas,
que libramos como caballeros
armados de razón,
pero sin yelmo ni coraza;
o como malditos sofistas
con el filo del puñal
reluciendo a dentelladas.

Y es que todo sucede
ahí delante,
siempre a punto de arrasarnos:
la ilusión y la multiplicidad,
la tiranía de nuestras entrañas.
Nuestras esperanzas
y el miedo
se aprietan contra la sangre
para que no fluya el agua.

De escudo nuestras retinas
y de arma nuestra boca,
para masticar el mundo
y delimitarlo con la garganta.
Aunque jamás podremos limitar
el valor del un ser humano
el destello de sus ojos
ni el amor en sus palabras.

Figuras

La historia de la humanidad
yace en los museos
como un cadáver congelado.

Hay reyes que nos miran altivos
desde su enormes caballos
y emperadores entronizados
que tomaron el mundo

y casi lo cambiaron

También hay héroes griegos,
políticos revolucionarios
y cristos circunspectos.

Todos tan magnificentes,
tan dignos, tan grandes
que hacen sentir irrelevante
a todo lo que lejos del frío
se descompone

y no perdura.

Es difícil, sin embargo,
encontrar una sola figura
en tantas salas y galerías
que no esté fingiendo
su postura,

o su legado.

El filo de razón

El filo de razón
empuñado por ideas
despedaza indiferente
todo lo que nos rodea.

Después, el discurso une
todas las pequeñas piezas
para crear un violín
o puede que una metralleta.

Cada cosa que creamos
ella también nos modela,
nuestro cuerpo, nuestra mente
incluso nuestro planeta.

Nos da poder sobre el mundo
dominamos la naturaleza.
Entonces nos olvidamos
de esa debilidad nuestra.

En lo alto de nuestro mundo
concentramos nuestra fuerza
que viene de unas raíces
tan lejanas, ya tan viejas.

Desde él nos asomamos,
pero no nos damos cuenta
de que si más alta es la torre,
más se aleja de la tierra.

Figura

Un ser siniestro que juega conmigo,
que se alegra de derrotas ajenas
y se aflige con los éxitos de otros.
¿Es que tu no lo sientes como yo?

Me acecha como una sombra encubierta
en el reverso de los pensamientos;
como una duda irracional tortura
y salta ante el estímulo más vulgar.

Me siento a merced de esta mala bestia
que se ha creído parte de mi mente,
Del deseo y mis derrotas se nutre
como una hiena de la carroña.

¿No sientes tú esta feroz presencia
que te conoce mejor que tú mismo?
¿Esta parte atroz que convierte todo
en la mirada altiva de un rival?

Es una mancha negra que me aterra
aunque también me limita y define,
como el contorno formado al trazar
mi dibujo de la figura humana.

Fortaleza

Un hombre solo
grita maniatado, existe
en algún sitio. ¿He dicho solo?
¿No sientes, como yo,
el dolor de su cuerpo
repetido en el tuyo?
Nadie está solo, José Agustín Goytisolo

Reconozco que me siento incapaz
de descifrar el sufrimiento ajeno,
de comprender el tormento de alguien
que sufre devorado por la falta.

Entendedme, no es que sea insensible,
por supuesto que su dolor me afecta,
lo que digo es que el mismo sufrimiento
me resulta impenetrable, velado.

Pues llegar al centro de esa agonía
requiere reducirse hasta el núcleo,
hasta esa cáscara de nuez blindada
donde nos mantenemos comprimimos.

Y nosotros vivimos expandiéndonos.
Nosotros somos árboles que crecen
y han olvidado cómo contenerse
dentro del tamaño de una semilla.

No me juzguéis. Jamás juzguéis a nadie
porque esté viviendo su propia vida
y sea un remolino de emociones
soberbias, banales y cotidianas,
que están seguras fuera del castillo
puesto que nunca han conocido guerra.

Tampoco os juzguéis, porque estoy seguro
de que todos nos hemos guarnecido
en esa fortaleza compartida
en la que la energía se detiene,
y en la que, aunque todo sucumba:
su cuerpo, su mente, o su voluntad;

el Ser Humano permanece intacto
y vivo.

Un Dios

Entre lo infinito y mi propia vida
he sentido un grito
一alarido de inexpresable rabiaー
que buscaba un Dios,
para mostrarle dudas razonables
sobre todo lo que he aprendido.

Un día me siento sano y fuerte,
rebosante de un amor inmenso
que regalar al mundo hasta colmarlo,
y al siguiente soy un estercolero
donde los pensamientos desmembrados
caminan como ratas que rebuscan
entre la putrefacción de mi mi mente.

Busco un Dios que me lo explique,
que me revele sin tapujos
ni metáforas baratas
ーpara eso ya estoy yoー
no lo que hay tras el telón,
sino lo que está delante,
en el patio de butacas.

No sé cuál elegir de este muestrario
de dioses que hay a mi disposición.
Necesito un Dios que me comprenda,
un Dios que haga parecer normal
la voracidad de mis entrañas;
un Dios que me mire frente a frente
y su dignidad vea en mis ojos.

Ese Dios ya lo he encontrado,
es la raza humana
que muy pronto estará unida en un sólo templo
y con una sola alma;
este es el único Dios que he conocido
al que merece la pena rezar.

Videojuego

«¿Para qué sirven las Ítacas?» Para mantenerte entretenido.
Imagina que te pones a pensar y te das cuenta
de que nada de esto tiene sentido.
Sería imposible vivir ni sacar adelante cada día.
Y cuando consigues llegar a tu destino,
el sabor del éxito es efímero,
pero dura lo suficiente
como para establecer otro objetivo.

Yo llevo toda mi vida
superando con éxito cada etapa
como pantallas en un videojuego.
A través de ellas voy ganando puntos
y adquiero habilidades
con las que mejoro mi personaje.

Y cuantos más niveles consigo
y más pantallas supero,
más efímero es el sabor del éxito
y menos me acuerdo
de por qué razón
estoy jugando
a este maldito videojuego.

Pataletas

Parecemos
pequeños adolescentes manipuladores
que hacen el amor tan mal
como pelean.

Con el tiempo,
hemos aprendido a hacer el amor
pero aún seguimos haciendo
peor la guerra.

Pero es cierto:
¡cómo se deleita mi niño interior!,
¡No sabes qué a gusto está
si tú estás cerca!

Y contento,
porque tú lo haces llorar
y dar pataletas,
inequívoca señal de que te amo.

Relatos

La vida siempre se presenta fresca y cruda. Todo es nuevo, todo ocurre al mismo tiempo. El viviente descubre que tiene que tomar la iniciativa y emprender un trayecto: un tiempo lleno de primeras veces, de nervios y de dudas. Tiene que tomar una dirección en la que avanzar y, para ello, aprender a amar todas las veces que haga falta.

Poco a poco el interés se va desplazando, ya no reside en la novedad, sino en la importancia y la intensidad de los acontecimientos. Todo lo que se había sugerido en la parte anterior tiene que desarrollarse y crecer hasta su máximo potencial. Está claro que estos principios no son completamente científicos y muchos vivientes se los saltan, sin embargo, su seguimiento es altamente recomendado para humanos primerizos.

La última parte, y no por ello menos importante, es donde todo debe acabar aunque no siempre se resuelve. Muchos opinan que es la maestría aquí demostrada la que determina el resultado. Otros en cambio, no creen que un buen final pueda suplir una vida mediocre. Yo estoy demasiado lejos como para saberlo, pero quizá acabar consista en dejar que todos los relatos comenzados sean libres de tomar su propio curso…

Bilbao

Entre sus puentes y museos
respiro el antiguo
aliento gris de esta ciudad.

Ya casi no lo recordaba,
pues yo era un niño
cuando se quito el mono de trabajo
y se puso el traje de moderna.

Se arregló la boca
y se hizo algo de cirugía estética.
Luego apareció una mañana
renovada totalmente,
como en un programa de esos
en los que cambian radicalmente a las personas.

Yo siempre me pregunto,
qué será de ellas,
si habrán vuelto a ser lo que eran,
o están viviendo, como esta ciudad,
una vida completamente nueva
de congresos, inauguraciones y conferencias.

Y en tal caso,
¿Queda algo de entonces, algún resto,
alguna esencia?
o será más bien
como la imagen que queda
en el fondo del lienzo,
que no se ve,
pero perdura por siempre en el museo.

Antibióticos

Mi cuerpo está enfermo.
Ésta, que es mi interfaz
con todo lo que hace arder mis emociones
y nutre mis conceptos,
está enferma.
He tomado antibióticos y mañana estaré mejor.
Me siento tan agradecido
que escribiría una oda a la ciencia médica
y saludaría a todas aquellas personas que la investigan.
«¡Salud!» es lo que solíamos decirnos
antes de que denostásemos la enfermedad.
¡Salud pensadores!
nuestra anatomía nos hace mortales
y causa nuestra humildad,
la razón, que es poderosa
nuestra arrogancia.
Hoy es mi cuerpo el que está enfermo
y apenas puedo pensar.
El antibiótico pronto hará efecto
y volveré a estar sano
despreciando mi cuerpo,
empoderado por la razón.
Pero todavía estoy infectado y aislado en una cama,
agradeciendo ridículamente la existencia de antibióticos.
Tanto siglos de avances,
tantos inventos y descubrimientos realizados
y ahora mismo ninguno me parece mejor.
Sin embargo, la razón desconectada del cuerpo
me parece el más espantoso de los fantasmas,
un espectro sin corazón
que lo convierte todo en hipótesis.
Me resulta tan aberrante, me da tanta dentera,
como las guerras bienintencionadas
los supervillanos en los telediarios,
o los cadáveres en las fronteras.

La rutina

La rutina me arrastra
como a un perro su correa.
No soporto las pequeñas gestiones de la vida.
Puedes ocupar todo tu tiempo con ellas,
enterrarte con ellas
y no pensar en nada más.
«¿Dios mío,
pero qué he hecho?
¿En qué me he convertido?»
Escucho decir
al héroe de la película,
mientras me hundo en sofá
en el que estoy embalsamado.
Necesito aire,
sueños que iluminen mi vida
y despierten las emociones eléctricas
que ahora recorren un cuerpo de madera.
Estoy atrapado
y no tengo más proyectos
que superar este día.
Quizá mañana sea diferente,
pero hoy me siento vencido
por la rutina,
como si hubiera perdido la ilusión
y con ella la felicidad.

Normalidad

Qué sabrás tú de normalidad.
Sus vidas son
tan anodinas como la tuya,
y sus besos
igual de mecánicos.
Todo se repite
una y otra vez
cada día,
y casi todos los días
son iguales.
¡Qué sabrás tú de normalidad!
Y cuando llega el verano
viajan como tú
a países exóticos
comen en buffets.
y pasean por la playa,
tan felices
y tan extremadamente normales
que dan rabia.
Y si tu los vieras
a ellos desde dentro
verías
que un destello de luz
recorre sus entrañas.
Pero sí tú te mirases
desde fuera,
paseando con tu hijo
por el parque
o esperando en la cola
del supermercado,
te verías igual de normal.
Así que ten cuidado
y no te fíes nunca
de la cara que ponga
la rutina,
pues en cada ser humano
la llama está encendida.

La debilidad del cuerpo

La debilidad del cuerpo
como una lluvia de asteroides
y sus respectivos cráteres.
Y la ira creciendo en el centro
como una gran pataleta
que acabará en terremoto.
Ya está aquí ¿y ahora qué hago?
Siempre ocurre todo al mismo tiempo:
la debilidad del cuerpo,
la ineptitud de la mente
y este viaje nocturno
bajo la lluvia ácida
de mi propia estupidez humana.
¡Que me corten la cabeza!
Que me devuelvan a la calma
porque mi alma se está poniendo
muy negra; parece que
se avecina una tormenta eléctrica
los rayos incendiarán el bosque,
y el humo ahuyentará las ratas.
Mi cuerpo está desorganizado
y este caos me arrasa.
Lo siento enmarañado,
lento, sucio, violento.
Pero no le pasa nada
sólo está enfermo.