Tarde de Domingo

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Me quedo tumbado, y no sé si estoy vacío o estoy lleno. Como todas las mañanas, hoy me he levantado de la cama preparado para vivir una ficción que cuando llegase la noche sería cierta. He fingido bien. En cada cruce de caminos, en cada mirada, lo he dado todo. Sí. Puedo sentirme como cuando se termina un trayecto, como después de un camino de vuelta, siento el placer de lo concluido, es una plenitud de muerte, una sensación de desahogo tan profunda que no puedo moverme.

La vida está llena de finales–piii- el pitido del microondas. Los días se moldean con abrazos y se bruñen con besos. -Cras- el accidente mortal en la carretera. Las obras se subliman con finales –siempre nos quedará parís– y yo no entiendo de finales. Aún soy joven y sólo entiendo de comienzos. Lunes con palabras de domingo. Comienzos.

Al igual que por las mañanas aún perdura la anestesia de la noche, los lunes tienen algo de esa oscura pesadez de una tarde de domingo. Escribir desentumece entonces los miembros de la nostalgia. El primer beso, aquel número de teléfono que sabías de carrerilla, la primera borrachera… ¿haces memoria? Pues los cementerios están precisamente llenos de eso: de memoria. Quién quiere lo fugaz. Lo fugaz es aburrido. Quién quiere lo eterno. Lo eterno es aterrador. Me veo, nos veo a todos indecisos entre andar y quedarse quietos. Dejemos que sonrían nuestras bocas, pero que nadie nos arrebate la profunda tristeza de la luna.

Los días están hechos de los que está hecha la luz. La luz está hecha de sombras. Dejad que termine de echar estas últimas palabras y vuelva a entrar la noche en el lugar cedido. Aún me encuentro caminando a tientas por el pasillo de una casa que no es mía. Poco dinero en el banco. Pocos recuerdos a mi espalda. Poco lleno, más bien vacío, en esta oscura y aburrida tarde de domingo.

Escrito en 2007.

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