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Mae Klong

Hemos venido a ver otro mercado, como si en este país no hubiera otra cosa más que mercados turísticos y budas dorados alejados de toda la profundidad filosófica de su concepción original, del recto pensamiento, que es justo lo contrario de lo que estoy haciendo yo ahora mismo, martirizándome y embotando mi mente con ideas negativas que no me dejan abrirme a la vida para que penetre en mí profundamente a través de los sentidos, tal como me dijo Celia a comienzo de verano, tengo que centrarme en el presente y agradecer cada momento; ahora tengo frente a mí un mercado instalado a ambos lados de las vías de un tren, que hacen de hilo conductor. Al entrar en él su olor me golpea con fuerza, no es un olor malo, sólo demasiado intenso, tan espeso que siento que podría vestirme con él, tan penetrante que me obliga a respirar por la boca y al meterse en ella la llena completamente, tanto que creo que podría masticarlo, podría despedazar el aire a mordiscos mientras avanzo por el centro de la vía, donde todos los olores se funden en ese aroma dulzón, indefinido, cuyo origen desconozco, pues debe ser la combinación de esencias que compiten entre ellas por ser protagonistas, pero el resultante no es algo parduzco e insubstancial, como sucede al mezclar colores distintos, sino un perfume intenso y vibrante, que se va llenando de matices al pasar por los puestos, las verduras lo hacen denso y terreo, confiriéndole ternura, al pasar por las especias se vuelve caliente, como si quemase en el fondo de las fosas nasales, las ranas y el pescado en salazón le da un toque a mar viejo, la sangre de la carne sugiere detalles férreos…

Suena una bocina y el mundo recobra rápidamente las formas y los sonidos. Los mercaderes recogen las carpas con un gesto raudo. Los turistas nos hacemos a un lado. Un tren entra en la estación por la misma vía que antes dirigía nuestros pasos por el peculiar mercado. Los aromas se disipan, son remplazados por la masa de los vagones. Suenan los clics de las cámaras de retratar. La anécdota sustituye a la magia de la vida. Subimos al autobús. Vuelvo a mis pensamientos.