Matar los dragones

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Entonces él se volvió y dijo: “Yo soy un ser humano corriente que tiembla en silencio y llora. ¿Cómo te atreves a pedirme que mate todos los dragones que acechan a mis hermanos? ¿Quién soy yo para empuñar la espada sagrada de la libertad? ¿Por qué ha de ser el mío entre todos los nombres el que escriba con oro la historia de nuestro pueblo? ¿Quién soy yo para sentir en mi vientre este calor extraño que me hace vomitar la antigua piel que nunca más podré volver a vestir? ¿Quién soy yo para poner mis pies en el camino deseoso de enfrentarme a mis enemigos y derrotarlos con valentía? ¿Quién soy yo para pensar en ello y mientras pienso se hacen más grandes y más fuertes mis pensamientos?
La respuesta sólo fue un silencio de tambores. Tomo la espada y siguió caminando en solitario, temblando entre la niebla de las ilusiones pero con una única certeza de que nunca más podría volver atrás.

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