Encuentro

brindis con cerveza

El abrazo suena a mucho tiempo. Nos sentamos a la barra repleta de gente riendo entre birras. Me hago presente en el reflejo de tus ojos. Estás barbudo y has adelgazado, pero tus brazos siguen vibrando con la misma madera dura y cálida de esa guitarra que rasgueas a menudo.

Estar aquí contigo es decirle al tiempo que no existe. Tu piel es la corteza de un recuerdo, donde la savia fluye y lo hace crecer. Un sólo verano cambió la orografía de nuestras experiencias, irrepetibles como el cariño introvertido de tus brazos. Hablamos, y al hablar escucho mis palabras pensarse en tus oídos.

Como un dedo a la palma de la mano, siento mi vida unida al recuerdo de aquel viaje, cuyo trayecto aún compartimos en la distancia (diría que aún tengo las marcas del sol en mis hombros). Mientras te cuento esto, la luz ámbar llega a la boca y una corriente cremosa de amargor atraviesa la lengua ascendiendo por el paladar para derramarse por la garganta. La mente aturdida por el lúpulo y la malta parece más maleable, los recuerdos más plásticos. Esta cerveza sabe a otras, que a su vez también saben a muchas…

Beberlas contigo aviva el sabor de todas esas cervezas que el tiempo se empeña en servir a la memoria.

 

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