Un punto de fuga en la línea del horizonte

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El 20 de octubre, jornada de reflexión electoral en Euskadi, fui a la boda de mi mejor amigo en Vizcaya. Y la cuestión vino a la mesa casi sin ser llamada: “Paso del sistema y la política. Da igual de qué lado y qué partido, les daría fuego a todos”. Todos en la mesa asintieron fervientemente y  yo traté de explicar rápidamente que ese –expresado sin violencia, claro– era un objetivo político definido mientras que la desafección política nos lleva a una inercia cómplice de la alevosa administración de los políticos. Al día siguiente esa misma displicencia se materializó de forma decepcionante a favor del poder establecido, porque por mucho que el modelo de partidos caiga por su propia degradación, los votos renovadores se perderán  en la inercia o en el fraccionamiento mientras no haya un horizonte seguro hacia el que caminar.

Una semana más tarde me encontraba en Madrid desarrollando un proyecto de gameactivismo con un compañero. Al término de la jornada de trabajo se nos unió un amigo a cada uno y fuimos a la manifestación del 27O. Llegamos algo tarde a la marcha y nos acoplamos en la cola. Delante de nosotros caminaba una pareja de treintañeros con un carrito de bebé, junto a nosotros unas niñas de instituto y detrás de nosotros innumerables furgones de la UIP iban cerrando el paso.

No éramos muchos, pero éramos bastantes. Delante de nosotros un chico llevaba un cartel que lo explicaba: “Vengo desde Sevilla y mi viaje lo sufragan 25 amigos. Represento al menos a 25 personas”. Parecido nos sucedía a cada uno de nosotros. Mientras caminábamos hacia la plaza de Neptuno una certeza se hacía cada vez más fuerte en mi interior: esta protesta no era más que otra línea que fugaba al horizonte, otro trazo que sólo tiene sentido en el conjunto del dibujo y que aunque todavía no alcanzamos a entender, pronto lo haremos.

A las 21:00, apenas habíamos guardado un minuto de silencio cuando la palabra “dimisión” estalló en nuestras gargantas con la presión de un aire largo tiempo contenido en nuestros pulmones. El grito se fue haciendo cada vez más sólido, más tangible. Y me pareció que este iba mucho más allá del congreso al que mirábamos, incluso más allá del modelo de estado. Sentí que era todo un sistema de valores el que estábamos destituyendo a la voz·”Dimisión”. Esa palabra tuvo entonces más sentido y significado que nunca, representaba el clamor de una generación denostada que se ha visto obligada a tomar la palabra por la fuerza. Y en nuestras gargantas, más que una exigencia, era una promesa.

Al día siguiente leí en Público que miles de personas se habían manifestado en contra de los presupuestos. Sí, eso es cierto, pero sobre todo habíamos ido allí otra vez para expresar que si al poder constituido no le queda otro remedio que seguir las órdenes del capital ignorando a la ciudadanía y la democracia, a nosotras las personas no nos queda otra que conseguir la democracia ignorando al poder constituido y el capital. Más que nada, estábamos allí para que en las bodas, bautizos, comuniones en las que hoy se habla de política con resignación pronto se proclame con entusiasmo que tenemos un punto del horizontes al que caminar y en el que todas seremos bienvenidas para acordar entre todos la democracia que queremos.

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