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Poniendo trampas a la vida.

Relatos

La vida siempre se presenta fresca y cruda. Todo es nuevo, todo ocurre al mismo tiempo. El viviente descubre que tiene que tomar la iniciativa y emprender un trayecto: un tiempo lleno de primeras veces, de nervios y de dudas. Tiene que tomar una dirección en la que avanzar y, para ello, aprender a amar todas las veces que haga falta.

Poco a poco el interés se va desplazando, ya no reside en la novedad, sino en la importancia y la intensidad de los acontecimientos. Todo lo que se había sugerido en la parte anterior tiene que desarrollarse y crecer hasta su máximo potencial. Está claro que estos principios no son completamente científicos y muchos vivientes se los saltan, sin embargo, su seguimiento es altamente recomendado para humanos primerizos.

La última parte, y no por ello menos importante, es donde todo debe acabar aunque no siempre se resuelve. Muchos opinan que es la maestría aquí demostrada la que determina el resultado. Otros en cambio, no creen que un buen final pueda suplir una vida mediocre. Yo estoy demasiado lejos como para saberlo, pero quizá acabar consista en dejar que todos los relatos comenzados sean libres de tomar su propio curso…

Ráfaga

He sentido una explosión y, luego, cómo se desintegraban mis emociones de mis pensamientos. Después he oído sirenas y he sentido que me cubrían con una manta. No puedo deciros nada más, aunque seguramente lo sabréis pronto, cuando salga en las noticias.

Entonces los políticos de turno mostrarán solidaridad con mi familia y con mi pueblo. Pondrán caras de consternación, emitirán comunicados, irán al frente de manifestaciones multitudinarias… para acabar yéndose a casa con sus familias y continuar sus vidas. Pero yo no, y no sé por qué. La verdad es que a mí, a estas alturas, me da exactamente igual. Aunque sé que a vosotros aún os dolerá esta herida durante un tiempo. Quizá os habría resultado mucho más fácil si esto hubiera sido un tren descarrilado o un avión que no aterriza. Pero este accidente es diferente, ocurre en los conceptos que construyen nuestra realidad.

Pronto encontraréis a mis asesinos, los torturaréis en nombre de la Libertad. Castigaréis sus actos con la violencia que lleváis dentro, la misma ráfaga que a lo largo de la historia a veces hemos llamado guerra y otras revolución; que a veces hemos proclamado como justicia y otras como locura humana. Esto, me temo, no ha sido ninguna de ellas, sino solamente una ráfaga más de otra herida distinta; la de alguien que no ha podido reconocerme como un hermano, y a quien vosotros jamás seréis capaces de juzgar como a un humano.

Bilbao

Entre sus puentes y museos
respiro el antiguo
aliento gris de esta ciudad.

Ya casi no lo recordaba,
pues yo era un niño
cuando se quito el mono de trabajo
y se puso el traje de moderna.

Se arregló la boca
y se hizo algo de cirugía estética.
Luego apareció una mañana
renovada totalmente,
como en un programa de esos
en los que cambian radicalmente a las personas.

Yo siempre me pregunto,
qué será de ellas,
si habrán vuelto a ser lo que eran,
o están viviendo, como esta ciudad,
una vida completamente nueva
de congresos, inauguraciones y conferencias.

Y en tal caso,
¿Queda algo de entonces, algún resto,
alguna esencia?
o será más bien
como la imagen que queda
en el fondo del lienzo,
que no se ve,
pero perdura por siempre en el museo.

Antibióticos

Mi cuerpo está enfermo.
Ésta, que es mi interfaz
con todo lo que hace arder mis emociones
y nutre mis conceptos,
está enferma.
He tomado antibióticos y mañana estaré mejor.
Me siento tan agradecido
que escribiría una oda a la ciencia médica
y saludaría a todas aquellas personas que la investigan.
«¡Salud!» es lo que solíamos decirnos
antes de que denostásemos la enfermedad.
¡Salud pensadores!
nuestra anatomía nos hace mortales
y causa nuestra humildad,
la razón, que es poderosa
nuestra arrogancia.
Hoy es mi cuerpo el que está enfermo
y apenas puedo pensar.
El antibiótico pronto hará efecto
y volveré a estar sano
despreciando mi cuerpo,
empoderado por la razón.
Pero todavía estoy infectado y aislado en una cama,
agradeciendo ridículamente la existencia de antibióticos.
Tanto siglos de avances,
tantos inventos y descubrimientos realizados
y ahora mismo ninguno me parece mejor.
Sin embargo, la razón desconectada del cuerpo
me parece el más espantoso de los fantasmas,
un espectro sin corazón
que lo convierte todo en hipótesis.
Me resulta tan aberrante, me da tanta dentera,
como las guerras bienintencionadas
los supervillanos en los telediarios,
o los cadáveres en las fronteras.

La rutina

La rutina me arrastra
como a un perro su correa.
No soporto las pequeñas gestiones de la vida.
Puedes ocupar todo tu tiempo con ellas,
enterrarte con ellas
y no pensar en nada más.
«¿Dios mío,
pero qué he hecho?
¿En qué me he convertido?»
Escucho decir
al héroe de la película,
mientras me hundo en sofá
en el que estoy embalsamado.
Necesito aire,
sueños que iluminen mi vida
y despierten las emociones eléctricas
que ahora recorren un cuerpo de madera.
Estoy atrapado
y no tengo más proyectos
que superar este día.
Quizá mañana sea diferente,
pero hoy me siento vencido
por la rutina,
como si hubiera perdido la ilusión
y con ella la felicidad.

Normalidad

Qué sabrás tú de normalidad.
Sus vidas son
tan anodinas como la tuya,
y sus besos
igual de mecánicos.
Todo se repite
una y otra vez
cada día,
y casi todos los días
son iguales.
¡Qué sabrás tú de normalidad!
Y cuando llega el verano
viajan como tú
a países exóticos
comen en buffets.
y pasean por la playa,
tan felices
y tan extremadamente normales
que dan rabia.
Y si tu los vieras
a ellos desde dentro
verías
que un destello de luz
recorre sus entrañas.
Pero sí tú te mirases
desde fuera,
paseando con tu hijo
por el parque
o esperando en la cola
del supermercado,
te verías igual de normal.
Así que ten cuidado
y no te fíes nunca
de la cara que ponga
la rutina,
pues en cada ser humano
la llama está encendida.

La debilidad del cuerpo

La debilidad del cuerpo
como una lluvia de asteroides
y sus respectivos cráteres.
Y la ira creciendo en el centro
como una gran pataleta
que acabará en terremoto.
Ya está aquí ¿y ahora qué hago?
Siempre ocurre todo al mismo tiempo:
la debilidad del cuerpo,
la ineptitud de la mente
y este viaje nocturno
bajo la lluvia ácida
de mi propia estupidez humana.
¡Que me corten la cabeza!
Que me devuelvan a la calma
porque mi alma se está poniendo
muy negra; parece que
se avecina una tormenta eléctrica
los rayos incendiarán el bosque,
y el humo ahuyentará las ratas.
Mi cuerpo está desorganizado
y este caos me arrasa.
Lo siento enmarañado,
lento, sucio, violento.
Pero no le pasa nada
sólo está enfermo.

Ser padre

No podía imaginar
todo lo que traerías contigo.
Los pañales, el cansancio,
los lloros o la atención constante
eran previsibles.
Pero, cómo podía yo saber
que sería capaz
de un amor tan puro y desmedido,
tan despojado de pasiones,
tan libre de egoísmo.
Cómo podía yo saber
que sería capaz
de este amor que se siente
como la gravedad
que atrae los cuerpos a la tierra.

Igual que respiro, igual que vivo,
así te amo,
arrastrado por el torrente de vida
que tú eres
y que todo llena.
Por supuesto que me vanagloriaré
y, de los privilegios
de ser padre,
haré uso de todos y cada uno.
Pero nada tiene que ver con eso
este amor
que se siente
como la mecánica exacta de los astros.

Gracias hijo mío,
porque al nacer
me has hecho cómplice
de una fuerza que mueve al mundo,
de una energía
más antigua que nuestro planeta.
Una energía que nos une,
y aunque sólo seamos
dos humanos
que comparten el camino,
tengo la suerte
de poder cuidarte,
abrazarte con fuerza
y sentir que tus ojos despistados
a veces me miran
y, sin querer, me dicen: “padre”.

Internet

Me invade
un deseo expandido
con acceso a todo lo que existe.
De mi mente emerge
una enorme lengua golosa
conectada a Google.
Por la pantalla desfilan
conceptos e imágenes
que me llevan en una deriva
perfectamente lógica e irracional,
en la que primero leo
una definición de amor
en Wikipedia
y después un poema.
Voy flotando
realizando conexiones
y sinapsis
por esta mente digital
en la que el deseo y la razón
están enamorados
y copulan desvergonzadamente
a la vista de todos.

No vengas, Primavera

No vengas, Primavera.
No quiero este placer que a decir me urge.
No quiero ser tirano de lo bello y múltiple.
Para. No vengas. No sigas viniendo.
Pero si vienes, si no dejas de venir tan germinante,
a mi esposa cóseme con nubes soleadas,
y en las yemas de mis dedos pon caricias tan profundas
que florezcan dentro de la piel que las aguarda.

Y deja que en mi boca se elaboren
los besos del viento entre las ramas.
¡Ah Primavera! ¡Mi primavera!
Mil primaveras hubo antes que tú
y sin embargo eres
una primavera viniente.
Tú recordarás el nombre de mi padre,
recordarás el nombre de mi hijo,
incluso recordaras el mío.
Yo no recordaré nada.
No volveré a estar en esta campa,
y jamás volverá a haber un instante como este
Seré aún, por un tiempo, el poeta
que con torpes palabras te quiere hacer presente.
Tú seguirás siendo la idea del poeta que te canta,
y al cantar te pierde.

El Baño

bañera
El agua caliente palpitaba como la guitarra de Hendrix en el 69. El pequeño Arni submarineaba en la bañera un baile trepidante mientras su madre magreaba sus manos contra la mugre. Ella descubrió su cuerpo transparente y ¡Oh sí! lo cubrió de blanca espuma. Al acabar, le dijo a su compañero que el agua aún conservaba el calor de una canción de Jonny Cash. El esposo cabrioleó en la bañera mientras la espuma gris se deslizaba sobre su pecho. Él le dijo a la abuela que el agua todavía tenía ese rasgueo lejano de un banjo en un cañón polvoriento. La espuma terrosa chapoteó brevemente a su alrededor. La mujer le dijo a su marido que el agua aún vibraba como las melodías de Hank Williams. El hombre viejo fundió su oscuro cuerpo con el agua trémula y muda; me ha tocado la marcha fúnebre, pensó. La familia se había bañado y permanecía frente al televisor encendido. La película del sábado pronto llenaría todos esos silencios, pero ¡oh muñeca! el agua caliente palpitaba como la guitarra de Hendrix en el 69.

Versión de El Baño suabo, Herta Müller. herta-muller_en-tierras-bajas_pdf

Una veu buida

 

Jo tinc una gola
I una veu que em crema per dins
Que s’amaga entre les meues entranyes,
Aguaita i espera el seu moment.
Aquesta veu no és meua, encara que em pertany.
No és la veu d’un poble, però sona a poble.
Tampoc crida a res ni a ningú:
És una veu per a mirar al món
Per assenyalar llocs als que anar.
És una veu buida, que no té res concret de dir
Ni tan sols té un gran missatge
Este món ja està massa ple de grans missatges
No cal que n’hi hagen més,
I encara menys més veus.
Però aquesta no és una veu qualsevol,
Sinó la que ha de donar sentit a la resta.
Està buida com l’aire buit
que du a dins l’oxigen que respirem.
Però en volta d’entrar quan obri la boca
La veu vol eixir desesperadament.
Quan jo em buide a la fi d’ella
M’estaré omplint del món.
Entre tant, la guarde a dins de mi pacientment.

Dasein

Cuando te beso

Encuentro el límite

De mis labios.

 

Cuando te miro

Siento lo infinito

De mi ser.

 

 

La ciudad desde mi ventana

el ojo maquinal

No despierta la ciudad sino que sigue su continuo. Máquina de existencia. Existencia maquinal. A esta hora del cambio de turno y desde éste que no es el vano de una iglesia se aprecia una ciudad que se construye cada mañana.

Esta ventana me mete al edificio porque me separa de él, me une a la calle porque la luz queda retenida en su abertura. Desde ella -que no es mi ojo cuando mira- puedo trazar los recorridos de aquél humano que no conozco ni quiero, y contemplar lo antes en el espejo y pronto seré ahí abajo.

Tarde de Domingo

tardededomingpo
Me quedo tumbado, y no sé si estoy vacío o estoy lleno. Como todas las mañanas, hoy me he levantado de la cama preparado para vivir una ficción que cuando llegase la noche sería cierta. He fingido bien. En cada cruce de caminos, en cada mirada, lo he dado todo. Sí. Puedo sentirme como cuando se termina un trayecto, como después de un camino de vuelta, siento el placer de lo concluido, es una plenitud de muerte, una sensación de desahogo tan profunda que no puedo moverme.

La vida está llena de finales–piii- el pitido del microondas. Los días se moldean con abrazos y se bruñen con besos. -Cras- el accidente mortal en la carretera. Las obras se subliman con finales –siempre nos quedará parís– y yo no entiendo de finales. Aún soy joven y sólo entiendo de comienzos. Lunes con palabras de domingo. Comienzos.

Al igual que por las mañanas aún perdura la anestesia de la noche, los lunes tienen algo de esa oscura pesadez de una tarde de domingo. Escribir desentumece entonces los miembros de la nostalgia. El primer beso, aquel número de teléfono que sabías de carrerilla, la primera borrachera… ¿haces memoria? Pues los cementerios están precisamente llenos de eso: de memoria. Quién quiere lo fugaz. Lo fugaz es aburrido. Quién quiere lo eterno. Lo eterno es aterrador. Me veo, nos veo a todos indecisos entre andar y quedarse quietos. Dejemos que sonrían nuestras bocas, pero que nadie nos arrebate la profunda tristeza de la luna.

Los días están hechos de los que está hecha la luz. La luz está hecha de sombras. Dejad que termine de echar estas últimas palabras y vuelva a entrar la noche en el lugar cedido. Aún me encuentro caminando a tientas por el pasillo de una casa que no es mía. Poco dinero en el banco. Pocos recuerdos a mi espalda. Poco lleno, más bien vacío, en esta oscura y aburrida tarde de domingo.

Escrito en 2007.