De la ira destructiva a la indignación creativa

12 mayo 15 mayo 2012

Me he dado cuenta de que por lo menos hay dos formas de responder a la emoción de la ira,  una paralizante y otra creativa, que aunque provienen de un mismo estado anímico, producen diferentes consecuencias.

La ira es una emoción en respuesta a algo que nos encoleriza, algo que “no debería ser así”. Es la emoción que cuando estalla nos paraliza y nos lleva a los insultos y los golpes,  esa que sobrecogió a los hermanos de  Abel y de Remo.  Esa que nace de pensamientos como “¡Ya no aguanto más sus actitudes: estoy harto!”, “¡Qué se han creído estos!”, “¡Esto no tendría por qué ser así!” o “A mí nadie me toca nadie las narices”. Entonces es una emoción destructiva y peligrosa porque:

  • Perdemos el control de nuestros actos y no generamos nada productivo;
  • no aceptamos la situación y por lo tanto no nos focalizamos en solucionarla;
  • nos sentimos mal después del acceso de ira.

Personalmente, me doy cuenta de que mi irascibilidad es mucho mayor cuando estoy cansado, he dormido poco o  estoy saturado. Porque cuando no me quedan fuerzas para ordenar mis pensamientos, la ira es la respuesta desorganizada e improductiva ante cualquier situación frustrante.

Sin embargo, hay otra forma de ira organizada que rechazando lo inaceptable propone alternativas: los prerrafaelitas, las vanguardias europeas, los young angry men británicos, el movimiento Hippie, o en los últimos tiempos el rap revolucionario, son ejemplos de ello. Esta es la ira creativa. Es una ira controlada que transforma el arrebato de energía destructiva en energía de transformación, esa por la que el año pasado un grupo de jóvenes airados o “indignados” tomaron las calles y debatieron en asambleas durante largas horas, dando forma creativa a su rabia, nuestra rabia, la que a todos nosotros nos provoca la desvergüenza de la clase politica y financiera.

Quizá no podamos evitar que las injusticias nos indignen, ni que a veces el primer impulso sea paralizante y destructivo, pero si podemos transformar toda esa energía en creatividad enfocando nuestra mente en la búsqueda y construcción de alternativas. El poder de la indignación es un golpe sobre la mesa, es una ignición de energía capaz de organizar a un grupo de personas, de disponer unos trazos de pincel en un lienzo, o de ordenar unas palabras en un papel.

Por eso, cuando esté a punto de rendirme a la expresión desorganizada y sucia de mis pensamientos, me haré la promesa de dar forma a mi ira para que crezca más allá de mis entrañas. Entonces será la expresión de lo humano que llevo dentro  y ya no me pertenecerá ni me afectará sólo a mí. Mi ira organizada y creativa me habrá transcendido, igual que ya lo ha hecho nuestra ira colectiva.

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