Apología de la ambigüedad

William Shakespeare. Hamlet, Tercer Acto

HAMLET.- ¿Ves aquella nube que casi tiene la forma de un camello?
POLONIO.- ¡Por la Virgen! Efectivamente, parece un camello.
HAMLET.- Pues ahora me parece una comadreja.
POLONIO.- Se ha transformado en una comadreja.
HAMLET.- ¿O como una ballena?
POLONIO.- Muy parecida a una ballena.
William Shakespeare. Hamlet, Tercer Acto

Cuando era pequeño me ocurrió muchas veces que al despertarme por las noches me asustaba al ver la ropa arrugada sobre la silla porque veía en ella un monstruo. Supongo que en aquella forma oscura e indeterminada se proyectaban los miedos irracionales propios del niño que yo era.

Según me fui haciendo mayor aprendí a jugar con el asombroso gris de la ambigüedad que puede llenarse con todas las formas de la mente. Como Hamlet y Polonio he jugado a ver formas en las nubes o  a imaginarle una cara a la luna.  Como “pareidolia” era un término demasiado grotesco como para que lo pudiera conocer, la ambigüedad era sólo un juego.

Al comenzar a escribir y a pintar me di cuenta de que si decía lo que sentía de forma precisa y delimitada no representaba realmente lo que había querido decir. Poco a poco fui descubriendo que en lo ambiguo es donde se cuela lo transcendente y que entre los vacíos de los signos se esconden significados más profundos. Muy bien decía Eduardo Chillida que “más vale ciento volando que pájaro en mano”. Entonces la ambigüedad era magia y estética, porque polisemia y semiótica eran palabras demasiado frías.

Más tarde empecé a pensar en la sociedad y entonces un rostro enigmático en una camiseta era capaz de dar forma a mis anhelos de adolescente mientras que un vago -ismo era un artefacto capaz de evocar los más bellos ideales de unión y fraternidad. La ambigüedad era entonces un ideal, y política tan sólo eso distante y soez que sucedía en la televisión.

Parece ser que nuestro cerebro coteja las imágenes y los datos con las estructuras que han sido previamente integradas en el archivo. Unos pocos datos le son suficientes para dar una respuesta a un problema visual. E igualmente nos resulta muy costoso trabajar con conceptos que no han sido clasificados ni integrados dentro de una estructura cognitiva. Entiendo pues que las etiquetas sean muy funcionales para la vida cotidiana así como la ordenación  maniquea es de gran ayuda en determinadas situaciones.

No obstante, ha sido la ambigüedad la que ha llenado muchos de los vacíos más importantes de mi vida de una forma más poderosa que ninguna concreción. Por otra parte, muchas de las determinaciones que usamos son completamente arbitrarias, como el sistema decimal o el métrico internacional. Incluso hasta en el nivel atómico de la materia parece que somos indeterminados porque el electrón está en varios lugares al mismo tiempo.

Muchas veces mi pensamiento y mi opinión han sido vagos e indefinidos, y lejos de avergonzarme de ello, estoy orgulloso. Recientemente, alguien me ha llamado ambiguo como insulto.  Me ha dicho que la gente como yo jugamos a confundir, que nunca se puede contar con nosotros y que somos peligrosos. Ha sentenciado que somos una lacra para los que quieren hacer las cosas bien y es mejor no acercarse ni estar en nuestra compañía. Y yo le entiendo. Imagino que para esa persona soy aquella ropa arrugada sobre la silla que reflejaba mis propios monstruos.

One Comment

  1. Responder
    Iseko Marian abril 3, 2012

    Suerte de aquellos que tienen la seguridad absoluta de lo que ven, yo me muevo en el mundo de lo ambiguo, de lo relativo, ….etc. A cada paso que damos vamos aprendiendo y el camino es muy, muy largo ….

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